by David Wilkerson
A veces vamos a Dios en oración como si fuera un pariente
rico que nos
financiara
y nos diera todo lo que suplicamos, mientras nosotros no levantamos
ni
siquiera una mano para ayudar. Levantamos nuestras manos a Dios en oración,
y
luego las ponemos en el bolsillo.
Esperamos
que nuestras oraciones pongan a Dios a trabajar para nosotros
mientras
nos sentamos sin hacer nada, pensando para nosotros mismos: “Él
tiene
todo el poder, yo no lo tengo, así que simplemente voy a estar quieto y
dejar
que Él haga el trabajo.”
Suena
como una buena teología, pero no lo es. Dios no tendrá mendigos ociosos
en su
puerta. Ni siquiera nos permitirá ser caritativos con los que se niegan a
trabajar.
“Os
ordenábamos esto: Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma.” (2
Tesalonicenses
3:10).
No
está fuera de los principios bíblicos añadir sudor a nuestras lágrimas.
Tomemos,
por ejemplo, el asunto de la oración por victoria sobre un deseo
secreto
que permanece en el corazón. ¿Simplemente le pides a Dios que lo
quite
milagrosamente y a continuación te sientas, esperando que muera por su
cuenta?
Ningún pecado ha sido extinguido en el corazón sin la cooperación de
la
propia mano del hombre, como en el caso de Josué. Durante toda la noche,
estuvo
postrado y de duelo por la derrota de Israel. Dios lo puso en sus pies
diciendo:
“Levántate; ¿por qué te postras así sobre tu rostro? Israel ha
pecado,
y aun han quebrantado mi pacto que yo les mandé;… Levántate,
santifica
al pueblo” (Josué 7:10-13).
Dios
tiene todo el derecho de hacernos salir de nuestras rodillas y decir:
“¿Por
qué te quedas sentado sin hacer nada, esperando un milagro? ¿No te
he
mandado a huir de toda apariencia de maldad? Tienes que hacer más que
simplemente
orar contra tu deseo, se te ordena también huir de él. No puedes
descansar
hasta que hayas hecho todo lo que se te ha mandado.”
No
culpes a Dios por no escuchar tus oraciones, si no estás escuchando a Su
llamado
a la obediencia. Terminarás blasfemando a Dios y acusándole de
negligencia,
mientras que todo el tiempo tú eres el culpable.